
Nuestros espíritus viven y crecen en nuestro cuerpo humano como el polluelo se desarrolla dentro del huevo, si al polluelo le fuera posible enterarse de que más allá de su reducto existe un mundo lleno de frutos, colores y lores, de ríos y grandes montañas, el polluelo no comprendería nada y por tanto no lo creería.
Aunque alguien pudiera explicarle que sus alas y sus ojos están desarrollándose para un día poder gozar de todo ello y además que podrá volar, tampoco lo creería, por lo tanto será él el que rompa su cáscara y repare en el mundo que lo rodea a medida que le sea posible. Es su propia experiencia.
Eso es lo que nos pasa a nosotros, debemos equivocarnos nosotros mismos, para rectificar, la experiencia de los demás no nos sirve de nada. Nuestras propias vivencias sí, nos hacen contactar con nuestra realidad.
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